MÁS ALLÁ DEL MISTERIO

Por: Jose Manuel García Bautista

Sevilla es la ciudad de las leyendas eternas… y de esas otras leyendas urbanas que asombran al ciudadano o al curioso que busca lo imposible o lo impactante. Suelen tener algún componente de realidad y, a veces, abandonan ese terreno mal creído de la leyenda para configurarse como una realidad o un hecho histórico.

Buscando entre lo curioso que tiene esta ciudad me encuentro con una colección de perlas que quiero compartir allá donde la realidad supera a la ficción.

En la leyenda

El reo al que iban a ahorcar

La Historia también nos deja bellas muestras de lo legendario, historias a caballo entre la leyenda y la realidad que las brumas del tiempo se encargan de disimular…

«Cuenta la leyenda cómo la justicia había prendido a cierto bandido que tenía cometidos en Sevilla numerosos delitos, y tras juzgarle en la Casa Cuadra, o Audiencia de la plaza de San Francisco, le condenaron a morir ahorcado, así que le sacaron de la cárcel, que estaba en la calle Sierpes, esquina a la calle Bruna (donde hoy está el edificio del Banco Hispano Americano), y le conducían hacia Tablada donde estaba la horca pública.

Al llegar el reo a la Puerta de Jerez, comenzó a dar grandísimos gritos diciendo:

–No podéis ahorcarme, porque el rey me había perdonado. No podéis ahorcarme porque el rey me había perdonado.

Ante semejante novedad, se detuvo la comitiva, y el juez acudió al Alcázar a dar parte a don Pedro I de lo que sucedía. El rey dijo que él ni conocía a aquel reo, ni le había jamás dado el perdón, y mandó que siguiese adelante el cumplimiento de la sentencia.

Pero no bien había salido el juez de las habitaciones del rey, cuando este reflexionó, y mandó que le llamasen nuevamente antes de que saliera del Alcázar. Regresó el juez a su presencia, y el rey don Pedro dijo:

–Aunque yo no había concedido el indulto, ni siquiera me lo habían pedido, es mejor que no se cumpla la sentencia, porque habiéndolo gritado en público, no quiero que pueda quedar en ánimo del pueblo de Sevilla, que yo le había indultado y que después he faltado a mi palabra Real.

Y así, el reo fue devuelto a la cárcel y se libró de la horca, por el respeto que el rey tenía a su pueblo, y a su palabra».

Y es que la mayoría de las historias legendarias que se cuentan en torno a una ciudad o personaje de la misma no dejan de ser antiguas leyendas urbanas que por su estética romántica se acaban confiriendo en parte de la Historia de un lugar.

Los enamorados
El correo electrónico –como ya he comentado– es una de esas vías que sirve de caldo de cultivo y de mentidero para las leyendas urbanas. Por correo electrónico me llegaba este email de uno de los lectores de la Guía Secreta de Sevilla: «Soy de un pueblo de Sevilla en el que tenemos un hermoso pinar donde podemos hacer deporte y disfrutar de sus vistas dando bonitos paseos. En uno de esos paseos me enteré de la historia que me dispongo a contaros.

Al encontrarnos en la parte sur de Andalucía formamos parte del territorio que fue invadido por los árabes en la edad media, como herencia de este capítulo de la historia de nuestro pueblo hemos heredado entre otras cosas un impresionante castillo medieval y esta historia.

Cuentan que una hermosa chica árabe, hija de un importante personaje de la tierra vino con su familia para vivir en este pueblo, cuentan que era tan hermosa que dejaba a todos enamorados con solo verla pero ella no sabía que era estar enamorada hasta que un día vio a un joven del cual se quedó prendada de inmediato pero había un inconveniente que él era un cristiano y su amor estaba prohibido.

Los amantes furtivos se veían a escondidas y tenían mucho cuidado para no ser descubiertos. A pesar de ser una forma de vivir su amor muy difícil ellos eran felices hasta que su suerte dio un giro ya que la joven árabe como resultado de sus encuentros se quedó embarazada y debían de buscar una solución, decidieron que se fugarían para poder vivir su amor lejos de conocidos ya que debido a lo avanzado del estado de gestación les era imposible ocultar el embarazo.

Los amantes se citaron en el pinar que estaba cerca de la ciudad en la misma zona en la que quedaban para sus encuentros amorosos. Ella fue puntual y se llevó horas esperando a su amado que nunca apareció ya que cuando el padre de la joven averiguó el plan de los jóvenes lo mando apresar y lo mato por venganza. Ella aprovechando la catacumbas que hay bajo el castillo permaneció oculta durante semanas ya que tenía la esperanza de que su amado apareciera tarde o temprano, cada día que pasaba la joven estaba más y más triste y con cada vez más miedo porque se acercaba el momento del parto y se vería sola.

Llegó el momento de dar a luz y tras un doloroso parto llego al mundo el hijo de la pareja de enamorados pero debido al esfuerzo hecho por la joven falleció a los pocos minutos de dar a luz, y por el frío de la noche y la desprotección del bebé este murió de frío a las pocas horas. Un triste final para una historia de amor.

Esta historia ha llegado a nuestros días debido a que desde entonces en las noches de mucho frío, en los pinares de esta zona, cerca de las catacumbas se oye el llanto de un bebé y comentan que se ha visto a una joven deambulando por la zona, tal como aparece de la nada desaparece a los pocos segundos sin dejar tiempo para distinguir si en verdad es una aparición o un efecto óptico».

La pandilla sangre
¿Quién no ha escuchado hablar alguna vez de esta leyenda urbana tan curiosa como excitante? Ubicada en cualquier ciudad de España también tiene un hueco en la provincia de Sevilla donde muchos dicen que se ha producido… Su vía de expansión vuelve a ser internet en correos falsos llamados hoax que tienen como fin último crear la alarma social.

Así me decían mis contertulios: «Desde hace tiempo está en la calle la historia de un grupo de jugadores de rol que marchan en automóvil sin el alumbrado encendido y osan matar al que le deslumbre o haga señales de que llevan las luces apagadas del coche… En ese momento, giran bruscamente y comienzan a seguirte dándote en la parte trasera de tu coche con el parachoques del suyo hasta que provocan tu accidente».

Curiosamente le había sucedido a un amigo de su primo al que le había verificado la historia la propia Guardia Civil… y por favor: no circule con las luces apagadas en la oscuridad de la noche, aparte de ser peligroso puede dar origen a la creación de una leyenda urbana.

En la realidad

La cuna
Daniel Montero me contaba su leyenda urbana, de forma tan particular como creyendo su certeza: «Laly, hacía meses que se había mudado a una nueva casa, que llevaba años sin ser alquilada. Esta era preciosa era toda blanca, rústica y con un patio sevillano precioso. Estaba muy bien situada pues se encontraba en el centro de Sevilla, en el casco antiguo, allá vivía con su marido Juan y su hija María, un bebé precioso que apenas contaba siete meses.

Un día, estaba Laly haciendo la comida en su cocina, una cocina amplia a la que se accedía por una puerta de marco pequeño, por el cual sólo cabía una persona, cuando escuchó a su pequeña llorar. Fue a la habitación de la pequeña llevando consigo el biberón con un poco de agua, por si la pequeña tenía sed.

Al entrar en la habitación observó que María dormía plácidamente, así que volvió a la cocina, pensando que quizás, su conciencia alerta le había jugado una mala pasada. Estaba cortando unas verduras cuando volvió a oír a la niña, esta vez un poco más fuerte y más tiempo, así¬ que de nuevo fue a la habitación de María. Al llegar, ésta seguía dormidita en su cuna y no daba señal de haber llorado, Laly volvió a la cocina, un poco mosqueada.

El fogón lo tenía a espaldas de la puerta de salida, se encontraba allá, sofriendo la verdura, de momento oyó de nuevo el llanto de la niña, que era mucho más fuerte y más largo que los dos anteriores. Esta vez no tuvo que ir a la habitación de María, pues al volverse para acudir al llanto, María se encontraba en la cocina con cuna incluida.

Laly cogió a su pequeña, salió despavorida de la casa, a la cual, nunca más volvió.

¿Cómo pudo pasar la cuna por aquella puerta tan estrecha? Nadie lo sabe, pero dice la gente que en las noches de luna clara, se escucha a un bebé llorando en la casa…».

Los niños que lloran
En su momento los llamamos: Niños llorando: Los cuadros malditos (Pintando la muerte), y la verdad es que no deja de ser una historia espectacular nuevamente sumergida en las brumas del misterio y la leyenda urbana… Pero, ¿dónde comienza la una y acaba la otra? En muchas ocasiones aquí está la clave de una leyenda urbana, una buena leyenda urbana y el misterio.

El personaje que le queremos presentar es un impactante pintor, llamado Giovanni Bragolin, pero conocido como Bruno Amadio. Aquel pintor no destacaba excesivamente en nuestra sociedad deshumanizada pero alcanzaría cierta popularidad a raíz de una serie de cuadros que serían conocidos como Los niños que lloran.

Y su historia maldita comienza cuando retrata a un niño que estaba internado en un orfanato. Cuenta la leyenda que años después aquel orfanato se incendió y el espíritu del niño poseyó el cuadro que le hiciera Bragolin, como los primeros retratos que se les hacía a los antiguos indios americanos y creían que su alma quedaría atrapada para siempre en aquella instantánea.

Sea como fuere, con el alma de aquel niño atrapada en la pintura, comenzaría un largo rosario de desgracias, accidentes y muertes en torno a aquel cuadro maldito y a otros pintados por nuestro particular artista.

Toda casa que poseía un cuadro de la serie Los niños que lloran era afectada por extraños incendios quedando destrozada, lamentando víctimas humanas y con graves daños en el inmueble… con graves daños excepto en la pared donde se encontraba colgado el cuadro del Niño que llora que milagrosamente estaba intacta sin que pareciera haberse producido ningún incendio en aquella vivienda…

En las casas afectadas comenzaban a producirse todo tipo de hechos insólitos y paranormales: se escuchaban lamentos y lloros, objetos que se movían, incendios inexplicables (¿combustiones espontáneas?), anomalías eléctricas… Incluso se decía de aquellos cuadros que «el niño se salía del cuadro, subía a la cama de tu habitación y mueres de la impresión al ver su rostro endemoniado. Luego incendiaba la casa y borraba las evidencias de su crimen». La leyenda nos hablaba de esa forma de actuar y la verdad es que cuesta trabajo y hacer un esfuerzo de imaginación desbordada el creer que estas pinturas de hermosos niños, o niñas, de ojos llorosos y enternecedora mirada puedan tener un efecto tan pernicioso en el propietario de la misma.

Se preguntarán las razones por las que traemos esta leyenda a las páginas de este libro… Bien, la razón es que Giovanni Bragnolin era hijo de esta ciudad, estando parte de su vida encadenada a esta joya del Guadalquivir, a esta ciudad eterna llamada Sevilla.

Aquellas pinturas tuvieron su momento álgido hacía la década de los 80, tuvieron su principal vía de difusión entre países latinos, como España, Italia, Argentina, Chile o México y era usual encontrar en los salones a un hermoso niño que llora cargado de un pragmático sentido bucólico antes que el tradicional cuadro de cacería o la mujer morena de Curro Romero de Torres. Aquella leyenda hizo que estos cuadros cayeran en desgracia y fueran sustituidos por otros según modas y gustos imperantes en la época. Malditos o no, leyendas o no, casualidad o no, hizo el resto… ¿Quién se atreve a poner ahora un cuadro de un Niño que llora del pintor sevillano en su salón?

Pero no finaliza aquí la historia maldita de estas pinturas ya que nuevamente corrió el rumor de nos decía que si se ponía al revés se aparecía al diablo e incluso que si te relataban la historia del cuadro y tenías uno pues que se quemaba tu casa…

No hace demasiado tiempo, en transcurso de una de las rutas del misterio que realizó por Sevilla, alguien se me acercó y me dijo: «He sufrido en mi casa algo que no te podrías creer…», le pregunté por la razón y me dijo: «Vivo en Los Palacios y dos veces me ha salido ardiendo el salón de la casa de campo, un cortocircuito y por la chimenea, muy raro, lo curioso es que se quedó todo quemado menos dos cuadros que tengo muy antiguos». Mi pregunta fue: «¿No será de niños que lloran, no?», y me contestó: «Sí, de esos, estoy muy escamada».

La señora, sin saber qué hacer me dijo que no quería los cuadros y que me los regalaba. Quedamos en hablar en la semana y se produjo, algunos días después, esa llamada: «José Manuel, no te puedo dar los cuadros. Cuando volvimos de la ruta había salido ardiendo el salón de nuevo, por sobrecarga esta vez, muy raro –repetía de forma incisiva cada vez que hablaba de ello– y allí estaban los cuadros intacto, mi marido los ha quemado en el campito que tenemos detrás de la casa». ¿Casualidad?