LA LEYENDA DEL LEGO INTELIGENTE

Por: Jose Manuel García Bautista

Las leyendas sevillanas encierran hermosas historias que, todas, dejan un pozo de sabiduría y una metáfora de la que aprender. De esa misma sabiduría vamos a beber hoy con esta hermosa leyenda del “Lego Inteligente”.

Los hechos que narramos a continuación tuvieron lugar durante el reinado de Pedro I, monarca que, no sé si por su especial carácter o por la época que le tocó vivir, dio pie a numerosas leyendas, algunas de las cuales se han reflejado ya en estas páginas.

Sucedió que dicho rey visitó cierto día el convento Casa Grande de San Francisco, encontrándose que el prior, que tenía fama de persona sabia, se hallaba ausente, pues había acudido a predicar una novena a Jerez de la Frontera. No se sabe si la visita se había comunicado con antelación o si, por el contrario, don Pedro se presentó de improviso en el convento, pero el caso es que el monarca montó en cólera y ordenó que al día siguiente sin falta compareciera en palacio el ausente prior.

Enterado éste de la furia del rey, y conociendo cómo se las gastaba el susodicho, no sabía qué hacer: si acudir a la llamada, huir a Francia o directamente tirarse desde la Giralda.

Conocedor todo el convento de la disyuntiva de su mandatario, fue un humilde lego, que trabajaba en las cocinas hasta poder pronunciar sus sagrados votos, el que acudió en su ayuda.

– No os preocupéis, Padre, que yo acudiré en vuestro lugar, haciéndome pasar por vos, y comprobaréis que me doy maña en calmar a Su Majestad.

Así se le quedó la cara al prior cuando se enteró del enfado del rey.

El prior poco tenía que perder ante semejante ofrecimiento, por lo que accedió al engaño. Y así, al día siguiente, el joven lego se presentó ante el rey don Pedro, con el hábito de su superior y la capucha puesta para que no se descubriera la sustitución.
El rey expresó su enfado al presunto (palabra muy de moda en la actualidad) prior, que se excusaba una y otra vez hasta que el monarca, cansado ya de tanta charla inútil, dijo al fraile:

– Tengo entendido que gozáis de notable fama de sabio. ¿Es así?

– Procuro ayudar a todo el que me pregunta, mi Señor, siempre desde la humildad y mi escasa sabiduría.

– Pues me habréis de demostrar si la fama es merecida o no. Os haré tres preguntas; si quedo satisfecho con las respuestas os podréis ir en paz, pero si no es así, el convento deberá nombrar nuevo prior porque mandaré que os decapiten.

El lego, confiado en que su ingenio le permitiría sortear la difícil situación en que se encontraba (la verdad es que no tenía otra opción) asintió a las palabras del rey.

– Primera pregunta –dijo don Pedro- ¿Cuánto valgo yo?

Tras pensar brevemente, el muchacho respondió:

– Pues yo diría que veintinueve reales de plata, mi Señor, porque si a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas, no creo que Vuestra Majestad pretenda valer más que Nuestro Señor.

Un murmullo de sorpresa y aprobación se extendió por toda la sala, ante lo singular y acertado de la contestación.
Y este el panorama ante el que se situaba.

– Me place la respuesta. –contestó el rey- Parece que vuestra fama no es inmerecida. Contestadme, pues, a la segunda pregunta: ¿Dónde se encuentra el centro de la Tierra?

– Es una pregunta fácil, Majestad. El centro de la Tierra se haya bajo vuestros pies, y no porque seáis el rey sino porque, al ser la Tierra redonda, en cualquier sitio en el que nos encontremos tiene bajo ella el centro.

– Bien contestado, a fe mía –afirmó don Pedro.- Veamos si conocéis la respuesta de la tercera pregunta: Decidme una cosa en la que esté equivocado.

Se trataba de una pregunta con trampa porque, en aquellos tiempos, llevarle la contraria al rey equivalía en la práctica a ser ejecutado. Sin embargo, el lego no se arredró y, con gran desparpajo, respondió:

– Es la más sencilla de las tres preguntas, mi buen Rey. Vuestra equivocación es pensar que estáis hablando con el prior de San Francisco cuando, en realidad, conversáis con un humilde lego de las cocinas del convento.Y acto seguido se levantó la capucha, dejando ver su rostro.

Don Pedro se quedó con la boca abierta al comprobar el engaño para, a continuación, romper a reír a carcajadas. Los componentes de la Corte, que se habían quedado helados ante la confesión, prorrumpieron en risas y aplausos.

Tan complacido estuvo el rey que nombró al lego prior del convento, enviando al anterior a otra ciudad “en la que se apreciara más su sabiduría”.